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Regañan, descalifican, manipulan, chantajean.
Este es el comportamiento de algunas madres al relacionarse con sus hijas.
El factor que generalmente desencadena esta relación destructiva es la envidia, sentimiento difícil de aceptar abiertamente por parte de las madres, asegura Paula Echegaray, terapeuta familiar del Instituto Personas.
El instinto maternal es una invención social. Una mamá frustrada puede sentir envidia y ejercer violencia psicológica con sus hijas.
Regañan, descalifican, manipulan, chantajean. Este es el comportamiento de algunas madres al relacionarse con sus hijas.
El factor que generalmente desencadena esta relación destructiva es la envidia, sentimiento difícil de aceptar abiertamente por parte de las madres, asegura Paula Echegaray, terapeuta familiar del Instituto Personas.
"Si llamo a mi madre para compartir buenas noticias, la conversación es extremadamente breve; pero si la llamo cuando estoy en dificultades, ella es toda simpatía", cuenta Diana, de 30 años, en el libro ¿Es tu madre tu peor enemiga?, del psiquiatra Ernesto Lammoglia.
La envidia es potencialmente peligrosa cuando las mamás no se han ocupado de sí mismas y las hijas son adolescentes exitosas, explica Echegaray.
"Si yo no tuve suficientes logros, si no me hice cargo de mi vida, si no conseguí lo que esperaba, o si me ocupé mucho de los demás y me olvidé de mí, cuando veo a mi hija ocupada sólo de ella y que es más libre que yo, la envidia se incrementa".
En grados extremos, las madres incluso llegan a la violencia física y psicológica, ellas piensan: "Si yo no me siento bien, no soporto que tú te sientas bien", por eso usan una serie de frases y etiquetas para hacer sentir menos a sus hijas, comenta la terapeuta.
Las hijas
Sentirse agredidas y maltratadas por la madre provoca en las hijas problemas de autoestima, señala Maribel Nájera, terapeuta del Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia (ILEF).
"Las afecta fuertemente porque no se sienten comprendidas ni aceptadas por la madre, eso daña la confianza en sí mismas sobre sus capacidades, y está el riesgo de repetir la misma historia cuando ellas puedan ser madres", indica Nájera.
"Aun estando rodeada de amigas y personas que apoyan tu forma de vida, si tu madre encuentra fallas en la estructura de tu modo de vivir, su desaprobación pasa por encima de todas las demás opiniones, devaluando incluso aquellas que muestran mayores dosis de realismo y racionalidad", dice la psicóloga Karen Schwartz en el libro de Lammoglia.
Aunque la madre es el primer referente de género de la hija niña, cuando ésta es adolescente es normal que tienda a querer diferenciarse de su madre a partir de la ropa, las ideas o actitudes, agrega Nájera.
Y al hacer evidentes esas diferencias, explica la especialista, la madre las compara con su propia vida y, a veces, aparece la frustración, que se vuelve la base de la envidia.
"Ve en la hija a una persona que la va a superar, a degradar y a dejar en desventaja", explica la terapeuta.
Mamá no es villana por naturaleza
La actitud de esta clase de madres no surge de manera espontánea. Se puede explicar como consecuencia de la presión social que existe de demandar "madres perfectas", es decir, mujeres que deben querer incondicionalmente a sus hijos y sacrificar todo, incluyendo sus propias aspiraciones, señala Echegaray.
"Esto del instinto materno es una idea hecha por la sociedad", afirma la terapeuta. Porque ser madre a veces no es tan agradable. Se asume, inconscientemente, que al tener un hijo la madre deja de ser individuo y vive siempre dispuesta para sus hijos. Y si no es así, les invade un sentimiento de culpa por no ser una buena madre.
"Si a veces fallo y me enojo, necesito entender que mis sentimientos no cambiaron por mi instinto materno, y que la envidia es un sentimiento válido y natural que viene acompañado de la frustración en mi vida", recomienda Echegaray.
Una vez que se acepta esa realidad, será posible conversar con la hija, quien es muy probable que entienda el porqué de las actitudes de su madre.
"Para disminuir la envidia que siento como madre, necesito pensar en mis propios logros, no darle tanto a los demás y quedarme sin nada; así, en cuanto tenga más yo, les podré dar a los demás algo más sano", concluye.
Resolver el conflicto
Verónica temía que su hija Carolina, de 22 años, dejara la escuela porque ella truncó sus estudios de Biología para casarse.
"Se aferraba a que estudiara como ella quería, se preocupaba más que yo", dice Carolina.
Pero Verónica también era abierta en dar permisos para que su hija asistiera a fiestas, incluso abogaba por ella para obtener la autorización del padre. Sólo que la joven no quería ir a fiestas.
"Cómo es posible que teniéndolo todo, no lo aproveche; yo a su edad hubiera querido tener esas oportunidades", pensaba la mamá, de 49 años.
"Sentía que mi mamá no me quería en la casa, y por eso insistía en que fuera", recuerda Carolina.
A más de ocho meses de haber pedido ayuda terapéutica, la relación ha mejorado.
"Hemos aprendido que cada quien es responsable de sus emociones y que no hay que culpar a nadie de lo que sentimos, porque cada quien decide cómo quiere vivir", coinciden madre e hija.
Así lo dijo
"Ahora sé que ella no va a llenar mis expectativas, que es dueña y responsable de su vida. Me di cuenta de que tengo que preocuparme por mí, porque mi vida giraba alrededor de mis hijos y mi marido".
Verónica, ama de casa
"Sentía que se metía mucho en mis cosas, pero también tenía culpa de hacerla sentir mal, porque a veces era chida conmigo. Ya entendimos que cada quien es responsable de su vida y que yo no vine a cumplir sus expectativas".
Carolina, estudiante de Ingeniería en Comunicaciones.
Piénselo con calma
Reflexione si usted como mamá toma algunas de estas actitudes. Si descubre que sí, no se espante y valore pedir ayuda con un terapeuta familiar.
· Está constantemente enojada con su hija.
· Le molestan las cosas que hace.
· Piensa que no le ayuda en las labores de casa.
· Siente que es "más guapa" que usted.
· Cree que su hija hace cosas con el propósito de hacerla enojar.
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